Y en los procesos se experimenta, se prueba, se falla y se vuelve a intentar.
A veces, sin muchas ganas.
Luego, con toda el alma.

Somos relativos, como el tiempo.
Nos sentimos lentos, intensos, fuertes, ligeros, repentinos y repetitivos.
Todo al mismo tiempo.

Pocas veces rápidos, fáciles, lineales y fugaces.
Estamos formados, principalmente, de caminos largos, con curvas, subidas y bajadas.
Con cruces extraños donde nos desubicamos al no reconocernos.

Y en ese deseo de volver a encontrarnos, debemos regresar tramos que nunca serán los mismos porque nosotros ya no lo somos.
Así que, de nuevo, nos presentamos.

Entonces, observamos paisajes y rincones.
Detalles que pasamos de largo las otras veces y que hacen que se sienta como una nueva experiencia.
Caemos en cuenta que siempre se puede volver a conocer el mismo lugar.

Somos procesos. En plural.
Porque siempre estamos viviendo, muriendo y renaciendo.

Somos múltiples principios y finales.
Con todas sus posibilidades.
Y con todo lo intermedio.

Breves e infinitos.
Creaciones en construcción.
Mayormente, en deconstrucción.

¿Y si la vida no es un viaje hacia adelante sino hacia atrás y hacia adentro?

Espíritus viejos convirtiéndonos en bebés. Entonces, tal vez; nacemos sabiendo todo. Sin saberlo.

Y regresamos. A la vida.
A nosotros mismos.

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